Relatos abreviados; en una estancia efímera y sorprendente, de un cubano emigrante en distintos sitios del recuerdo, en su visita a la península ibérica.
Por Gilberto Cao
Invitación a la aledaña Torre de la Font del Mingo
En una calle bastante estrecha, entre viviendas y comercios, aparece de repente: una elevada torre de piedra con un aspecto tan medieval que uno espera ver asomarse a los arqueros listos para disparar entre los huecos de las almenas a unos once metros y medio del suelo. En realidad, se trata de una torre construida por el ejército gubernamental del territorio para hacer frente a un posible asalto de la villa por parte de las partidas carlistas.

Sin embargo, la apariencia engaña: esta construcción octogonal, bien de interés cultural, se edificó entre el año 1872 o 1873 hasta el año 1875; y es el único vestigio visible de la segunda muralla de la ciudad, levantada para defender al municipio durante la tercera Guerra Carlista, la que se ha convertido en el único testigo de esa época. Ciertamente es una torre carlista, del siglo XIX. Esto no quiere decir que el pueblo de Sant Sadurní de Anoia no sufriera, como en todas partes, las consecuencias de este conflicto armado que sacude el Principado, con fuertes pérdidas económicas, así como con algunas pérdidas de vidas por el hecho de ser llamadas a filas muchas personas del término.
Pero detrás de este conflicto se produjeron causas más profundas que, mucho más allá de las proclamas reaccionarias favorables al restablecimiento del Antiguo Régimen (es decir, el régimen señorial), consiguieron arrastrar al campesinado más pobre a la “causa carlista”: los efectos perjudiciales que el capitalismo salvaje había causado en el medio rural, como la privatización de tierras, bosques y pastos comunales son algunas de las causas principales.
Otras agresiones percibidas por esta sociedad bien anclada en las tradiciones y la fe, fueron la laicalización acelerada de la vida social; y el ataque que sufrió la Iglesia con la expropiación y la subasta de sus bienes (las llamadas "desamortizaciones") por parte del Estado. En resumen, las acostumbradas formas de vida comunitarias (con un importante refuerzo religioso) peligraban a los ojos del aldeano medio catalán de la Cataluña más pobre en esa época.
Las guerras y las sucesivas epidemias a lo largo del siglo XIX crearon un sentimiento de inquietud que motivó a muchas familias de los alrededores a trasladarse a la villa. Algunos, con más posibilidades, incluso prefirieron trasladarse a Barcelona, a pesar de mantener y dirigir el patrimonio de Sant Sadurní en la distancia.
La ironía hizo que Isabel II (la "usurpadora" del trono ante los ojos de los carlistas) tuviera que exiliarse en 1868. El desprestigio de la monarquía (vinculada en buena medida a la corrupción de la "burbuja" del ferrocarril) abonó el terreno en la Revolución de Septiembre de 1868 (capitaneada por el reusense general Prim), que si bien inició el "Sexenio democrático", a la vez reavivó las ambiciones sucesorias del candidato carlista.
En realidad, el exilio de Isabel II aceleró el proceso hacia la proclamación de la Primera República, después de una efímera suplantación de la dinastía reinante en la persona de Amadeo de Saboya en 1871 (general conocido por sus convicciones constitucionalistas y llamado «el Rey Caballero» o «el Electo» ), convertido en abdicador convencido y voluntario muy pronto, en el año 1873 ante un panorama tan poco leal como caótico: las sublevaciones federal-cantonalistas en todo el Estado, el levantamiento carlista y las presiones de los partidos republicanos.
Fracasada la experiencia monárquica, nació una República más afianzada en la debilidad de los monárquicos que el arraigo del republicanismo. Buena parte de los monárquicos no dudaron en "pasarse" a la causa carlista a raíz de la misma proclamación de la República en 1873. Además, la promesa autonomista que hizo el candidato carlista (favorable al restablecimiento de los "furos", abolidos por los Borbones en el año 1714) acaba de sumar al bajo clero, así como a toda la baja y media nobleza empobrecida; a su vez desplazada por el ascenso político de la “nueva” burguesía, lo que dotó al movimiento de dirigentes locales visibles y de un carácter interclasista que explica la fortaleza del mismo en los antiguos territorios forales: País Vasco o la Cataluña.
El propio Rafael Tristán (1814-1899), nacido en Ardèvol (Solsonès) y caudillo carlista que participó en las tres carlinadas del siglo XIX, fue nombrado "Presidente" de una restablecida y efímera "Diputación del General", con sede en San Juan de las Abadesas, en un acto de desafío tan evidente como imperdonable de la autoridad borbónica, así como los desgraciados “Decretos de Nueva Planta” con los que habían sido abolidas las instituciones propias del Principado en 1714. Mientras transcurría el año 1875, a tan sólo un año de su derrota definitiva.
Quizá la actitud atrevida de Tristán, participando en las tres sublevaciones carlistas, provocaron que tuviera que permanecer en el exilio, en la conocida Occitania francesa después de la restauración borbónica; o sea, estuvo exiliado en Francia durante el resto de su vida. Y esta torre fue construida en la tercera y última guerra que enfrentó a los "carlistas" (1872-1876) contra el gobierno español, antes del año 1874.
La Torre de la fuente de Cal Mingo es una edificación de San Sadurní de Anoia, en la comarca de Alt Penedès, que fue declarada Bien Cultural de Interés Nacional. En esa época la torre señoreaba la entrada de la calle Jacint Verdaguer, en un punto estratégico del antiguo arrabal del pueblo y frente a un antiguo cruce de caminos. Actualmente está ubicada en la dirección de Carrer Mossèn Jacint Verdaguer, 7, 08770 en Sant Sadurní d'Anoia, en la comarca de l'Alt Penedès, en la provincia de Barcelona.
Es una torre militar de forma octogonal, de una sola estancia, coronada por azotea y almenas, tal como la concibieron los ingenieros militares de la época. Se aprecia bajo su revestimiento, el ladrillo como material constructivo, aunque la base está hecha con sillares de piedras irregulares. Tiene adosada una torreta de vigilancia con aspilleras en uno de sus laterales, adosada con aspilleras y almenas, que nos recuerda a las antiguas torres de vigilancia; y al mismo tiempo nos remite a una estrategia defensiva más propia de la Edad Media y Moderna, pensada más bien para repeler una acción guerrillera, que no paso para derrotar a sus asaltantes.
En marzo de 1874 los carlistas invadieron la municipalidad (o sea, desde marzo hasta noviembre de 1874). Entre otras cosas ordenaron derribar las fortificaciones. En noviembre de ese mismo año la columna del ejército liberal del Penedès, por orden del comandante militar, restituye al Ayuntamiento. Se procede a continuar la fortificación de la villa, según las ordenanzas anteriores a la invasión, y con operarios del segundo batallón de zapadores y los hombres de la villa se levanta lo que había sido derruido en tiempos del gobierno carlista. Fue en ese momento cuando se construyó la torre que actualmente se conserva.
Actualmente, es el único resto visible de las antiguas murallas construidas durante las guerras carlistas entre 1873 y 1874, que en algunos tramos aprovechaba los muros existentes. La torre es el último testimonio que queda de la segunda muralla de la villa. El primer recinto amurallado llegaba hasta el extremo de la calle Cavallers, actual Escayola, pero la villa continuó creciendo fuera de la muralla conformando el Raval y la calle Montserrat.
Esta torre se construyó sobre terrenos cedidos por los Formosa, a condición de que una vez fuera innecesaria se devolvieran los terrenos a la propiedad o se abonara un pago por la expropiación. Más adelante, cuando la torre perdió su función defensiva, se convirtió en depósito de agua para la fuente que existe en sus cimientos y que le da nombre: la fuente de Cal Mingo. La torre fue restaurada en el año 2008 gracias a un convenio entre el Ayuntamiento y la empresa que gestiona el servicio de aguas de Sant Sadurní d'Anoia.


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