lunes, 26 de abril de 2010

Para los educadores...

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El profesor está siempre equivocado.

Cuando ...

Es joven, no tiene experiencia.

Es viejo, está acabado.

No tiene automóvil, es un desgraciado.

Tiene automóvil, no sabe cómo mantenerlo.

Habla en voz alta, vive gritando.

Habla en tono normal, nadie escucha.

No falta a la escuela, es un matón.

Necesita faltar, es un turista.

Habla con los otros profesores, está enredando a los alumnos.

No conversa, es un despreocupado y poco sociable.

Da mucha materia, no se conduele de los alumnos.

Da poca materia, no prepara a los alumnos.

Juega con el grupo, quiere hacerse el gracioso.

No juega con el grupo, es un pesado.

Llama la atención, es un grosero.

No llama la atención, no sabe imponerse.

La prueba es larga, no da tiempo.

La prueba es corta, la "tiró" fácil.

Escribe mucho, no explica.

Explica mucho, la libreta no tiene nada.

Habla correctamente, nadie lo entiende.

Habla el lenguaje de los alumnos, no tiene vocabulario.

Exige, es rudo.

Elogia, es un adulón.

Suspende al alumno, eso es persecución.

Aprueba al alumno, dio chances.

Así es, el profesor siempre está equivocado, pero si usted consiguió leer hasta aquí, agradézcaselo a él.

Tomado de: Revista do Profesor de Matemática, No. 36. São Paulo, 1998.

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Jamás serás maestro

Jamás serás maestro si tu escuela tiene más parentesco con una oficina que con un hogar.

Si tus ojos son dos látigos permanentemente dispuestos para el castigo visual, si tus nervios explotan mil veces al día.

Si tus frases, en vez de caricias, son púas que arañan, si necesitas un arsenal de gritos para tus combates diarios.

Si los niños llegan recelosos a tu escuela, como llegan los enfermos al hospital.

Y si te aceptan no como un alimento grato, sino como una medicina obligada.

Si tu escuela se abre cinco minutos antes de empezar las clases y se cierra cinco minutos después de la hora reglamentaria.

Y si al abrirse parece que bostezaras y al cerrarse que sonrieras.

Si no comprendes que los niños deben jugar en razón inversa a sus edades. Y si los niños se aburren en tu compañía.

Si tu escuela no es el imán infantil más poderoso de la localidad donde actúas.

Y si los niños no te concibiesen como un hombre extraordinariamente superior.

Si tu escuela, además de un cuerpo no tiene alma. Y si únicamente es un taller mecánico del alfabeto.

Si al hablar no encantas a los niños dejándolos como hipnotizados. Y si no sabes hacerte escuchar hasta con los ojos.

Si no comprendes que el alma de cada niño es un libro en blanco en el que estás escribiendo para toda la vida.

Y si, en vez de escribir en ese libro, himnos triunfales, te contentas con llenarlo de ramplonerías y mediocridades.

Si obtienes licencias sin necesitarlas. Y si trabajas cuando te fiscalizan y cuando se acercan los exámenes.

Si el patio de tu escuela es tan fúnebre como el patio de una cárcel.

Y si los recreos, en vez de ser una fiesta para el cuerpo y el espíritu, son lugares donde se sufre frío en invierno, sol en primavera y soledad espiritual en todas las épocas del año.

Texto Anónimo.

Tomado de: Maestro de excelencia. Fernández Editores. México, 1995.

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